NUESTRA HISTORIA

No partí con un plan.
Partí buscando algo que tuviera sentido.

Soy Felipe, apicultor de la Región de Los Lagos.
Esta es la historia de cómo terminé encontrando en las abejas lo que no encontraba en otro lado.

Abril, 2026 — Río Negro / Puerto Octay, Chile

Si alguna vez te has preguntado de dónde viene realmente lo que consumes, esta historia es para ti.

"La miel no se hace, se acompaña. Las abejas hacen su trabajo, nosotros aprendemos a no estorbar."

1. Antes de las abejas

Soy Felipe, nací y crecí en Río Negro, en la Región de Los Lagos. Transcurría el año 2018 y me encontraba terminando cuarto medio y, la verdad, no tenía claro a qué quería dedicarme, pero sí tenía algo claro: quería construir algo propio. Quería emprender, ser el dueño de mi propio tiempo, tomar decisiones y hacerme responsable de un proyecto que partiera desde cero.

En ese entonces, no tenía idea de lo que era una colmena. Mucho menos sabía diferenciar entre una miel pura y una miel industrial. Era un mundo totalmente desconocido para mí.

Pero había una historia que venía de antes.

Mi papá soñaba con tener colmenas desde que era adolescente. Y un día decidió dar el paso: junto a mi tío compraron sus primeras cuatro colmenas. Ahí fue donde todo comenzó.

Mi primer acercamiento con las abejas fue casi por curiosidad, sin grandes expectativas, sin imaginar que esto podría transformarse en algo importante. No lo veía como un camino, ni como un proyecto… mucho menos como un propósito.

Y sin darme cuenta, me estaba acercando a algo que terminaría cambiándolo todo.

De mis primeras veces en el apiario.

Era el 2019, tenía 18 años y todo era nuevo para mí. Recuerdo los nervios al abrir una colmena… y esa vibración que se sentía en todo el entorno, en el aire, en el cuerpo. Ese sonido era un aviso, una advertencia. Había respeto, pero también una curiosidad profunda. Aún no decidía si quería estar allí, pero sabía que quería aprender más del mundo de las abejas.

2. El descubrimiento de Puerto Octay

Al principio, trabajábamos las colmenas en Río Negro, pero algo no terminaba de convencernos. Las condiciones florales, la diversidad de especies y el clima no nos permitían lograr la miel que realmente queríamos. Sentíamos que había una barrera que no podíamos sortear.

En ese camino, finalizando el año 2019, conocimos a Boris Henríquez, apicultor y ahora, gran amigo de la familia, con quien fuimos compartiendo experiencias, errores y aprendizajes. Entre conversaciones nació una idea que lo cambiaría todo: mover nuestras colmenas hacia Puerto Octay, su hogar.

Juntos, buscamos un terreno, un espacio con las condiciones perfectas y levantamos ahí nuestro primer apiario serio. No era solo un cambio de ubicación. Era una apuesta por mejorar, por aprender más y por acercarnos a un entorno que potenciara de verdad nuestro trabajo, y sobre todo, la miel que hoy llevamos a nuestro hogar, el hogar de Boris, y el de cientos de familias a lo largo de todo el país.

Ahí fue donde todo empezó a tomar sentido.

Hoy, Puerto Octay es nuestra central apícola. A pesar de que cada viaje significa recorrer 100 kilómetros entre ida y vuelta, realizo más de 120 viajes en cada temporada entre Río Negro y Puerto Octay, porque entendí algo: la naturaleza tiene su propio ritmo. Las flores tienen su propio tiempo de floración, las abejas saben mejor que nadie cuándo es momento de cosechar, y el ser humano solo tiene que aprender a observar y respetar.

El sur de Chile es así: te enseña con tiempo y calma.

3. Cuando entendí que esto iba en serio

Al principio, entrar al apiario era una mezcla de emoción y confusión. Tenía muchas ganas de aprender, de abrir colmenas… pero la verdad es que muchas veces no entendía lo que estaba viendo. No sabía en qué fijarme, ni mucho menos reconocer si la colmena estaba bien o presentaba algún problema, en cuáles eran sus etapas, o qué procedimiento requería cada colmena en cada momento. 

Era frustrante, porque mi inexperiencia no me permitía tomar decisiones.

Por un lado, estaba la motivación de estar haciendo algo propio. Por otro, la sensación constante de no saber si lo estaba haciendo bien.

Ahí empezamos a tomarnos esto más en serio. Leímos todo lo que pudimos. Vimos videos, asistimos a capacitaciones, recorrimos lugares y conocimos a otros apicultores. Por mi parte, entré a estudiar Ingeniería de Ejecución en Agronomía en el Instituto Profesional Agrario Adolfo Matthei, en la ciudad de Osorno, con la intención de ampliar mi visión y desarrollar un criterio más sólido respecto al bienestar animal, la producción agrícola y el uso eficiente de los recursos productivos. Poco a poco, empezamos a entender mejor lo que estábamos haciendo.

Pero el aprendizaje real estaba en el campo.

Cometimos errores. Perdimos colmenas. Y cada pérdida dolía, porque ya no era solo "probar algo nuevo"… era hacerse responsable de un microecosistema. Si la colmena vive o muere, depende en gran medida de nosotros y de nuestras decisiones.

Hubo un momento clave que me marcó mi trayectoria como apicultor y que cambió nuestra forma de hacer apicultura. Estábamos revisando las colmenas y nos dimos cuenta de que muchas tenían reinas viejas. La supervivencia de las colmenas estaba en juego, ya que una reina vieja baja la producción, las colmenas no crecen como deberían y son más susceptibles a su entorno, enfermedades y el clima. Rápidamente entendí que teníamos un problema real.

La solución era clara: renovar reinas. Pero comprarlas no siempre estaba al alcance de nuestro bolsillo. Ser apicultor es un oficio hermoso, pero caro. Entonces tomé una decisión: empezar a criar mis propias reinas.

No fue fácil. De hecho, al principio no resultó como esperaba. Pero ese proceso me hizo entender que esto no era un hobby.

La apicultura exige compromiso, conocimiento y decisiones constantes. Y en un entorno como el sur, donde la ventana de producción es corta y el clima no siempre acompaña, no hay margen para improvisar.

Aprendiendo en terreno, paso a paso, entre aciertos y errores, cada colmena nos enseñó algo distinto. Y cada temporada me recuerda que en este oficio nunca dejas de aprender, por más años de conocimiento que puedas tener.

"En el sur aprendí a esperar. Y esperando, aprendí de las abejas."

4. El problema con la miel que nadie te dice

A medida que fui entendiendo más la apicultura, empecé a ver cosas que antes simplemente no notaba. Me di cuenta de que no toda la miel es igual. Y que muchas veces, lo que parece miel… en realidad no lo es.

Hay procesos que buscan estandarizar el producto, hacerlo más líquido, más uniforme, más "bonito" a la vista. Pero en ese camino, se pierden muchas (por no decir todas) las características que hacen que la miel sea realmente miel.

Y eso me hizo ruido.

Porque después de todo lo que había aprendido, después de entender el trabajo que hay detrás de una colmena, no me hacía sentido intervenir tanto el producto final.

Ahí fue cuando tomé una decisión:

No quería mezclar mieles. No quería sobreprocesarlas. No quería esconder su origen. Quería que cada frasco hablara por sí solo. Que reflejara el lugar, la temporada, toda la crudeza del frío, las lluvias, el invierno, que en cada frasco, se pudiese sentir las praderas, los árboles y flores que adornan nuestro amado sur. Que si una miel cristaliza, sea porque es natural. Que si cambia de color o sabor, sea porque viene de un entorno real.

Así se ve una pre-cosecha en pleno verano.

Es el momento en que las abejas están en su máximo nivel de actividad. Van y vienen sin parar, recolectando néctar y polen, transformándolo y dándole un lugar dentro de la colmena. Poco a poco van sobretejiendo esa cera blanca, limpia, viva y comienzan a almacenar la miel.

Todo ocurre en un equilibrio perfecto.

Mi trabajo en esta etapa no es intervenir de más, sino acompañar. Les doy espacio, amplío su hábitat cuando es necesario y cuido que puedan seguir produciendo de forma natural.

Cada frasco inicia aquí, mucho antes de la cosecha.

Activa el sonido del video para escuchar el apiario en vivo.

5. Por qué "Ecolmenar"

Si quería ofrecer una miel honesta, tenía que construir algo que estuviera a la altura de esa idea. Así empezó a tomar forma Ecolmenar.

No nació como una marca pensada desde el marketing. Nació como una necesidad. La necesidad de hacer las cosas bien. De poder mostrar de dónde viene nuestra variedad de miel. De no esconder el proceso, sino todo lo contrario: hacerlo visible.

El nombre nace de dos ideas simples, pero con un gran sentido.

Por un lado, el "eco". Ese sonido constante que se genera cuando estás en un apiario rodeado de colmenas. Ese zumbido que no es ruido, es vida. Es trabajo. Es una sociedad perfecta trabajando sin descanso por el bienestar y supervivencia de la colmena.

Por otro, el "colmenar". El lugar donde todo ocurre, el espacio en donde están las colmenas, donde pasamos la mayor parte de nuestro tiempo, donde realmente se construye la miel.

La unión de ambos conceptos es lo que somos: un eco que nace de nuestro colmenar, aquí, en Puerto Octay, en medio de las praderas y bosques de nuestro sur,  y que queremos llevar a cada persona que abre uno de nuestros frascos de miel nativa.

Aquí es donde todo toma forma.

Después de años de aprendizajes, errores y una lenta evolución, entendí que Ecolmenar nunca ha sido solo miel. Es el resultado de insistir en hacer las cosas de la manera correcta, incluso cuando todo se va tornando difícil. Hoy, cada colmena refleja ese camino que hemos recorrido juntos: más experiencia, más respeto y cuidado por la colmena, el proceso y el medio en el que habitan, pero por sobre todo, hoy tenemos una convicción mucho más firme en nuestro proyecto.

6. Lo que hay hoy dentro de cada frasco

Hoy, cada frasco de Ecolmenar es el resultado de todo este largo camino que seguimos recorriendo juntos. No es solo miel. Es tiempo, es aprendizaje, es el reflejo de nuestros errores y de nuestra convicción para volverlo a intentar. Es entender que la naturaleza no sabe de plazos, ni de horarios, y que con paciencia y pasión, todo ocupa un lugar. 

Soy el que está en terreno cada día, manejo a mano cada una de nuestras colmenas. Mi papá, José Luis, se dedica al taller: construye las cajas, los techos, todo el material necesario para cuidar nuestro apiario. Boris, con quién hemos encontrado un apoyo incondicional y mutuo. Mi hermano Benjamín, a quien le planteo ideas y consulto los pasos que voy dando, me acompaña con su feedback, aportando ideas, promoción de la miel y ayuda en lo que necesite. Mi hermano Fernando, y Maricarmen, mi cuñada, me apoyan con el marketing y publicidad, diseño, grabando videos, sacando fotos, siempre dispuestos a ayudar. Mi madre, que apostó por mí desde mis primeros pasos, y también en los primeros pasos que dí en Ecolmenar. Aunque la mayor parte del tiempo me encuentro solo en el apiario, sé que es un trabajo en familia y que cada uno de ellos me acompaña en cada paso y en cada momento.

Desde el sur de Chile, enviamos nuestra miel a distintas partes del país. Pero lo importante no es hasta dónde llega. Es cómo llega.

Cada frasco lleva el cuidado y dedicación que entregamos en cada parte del proceso. Desde el trabajo que realiza mi padre en el taller o el mío en el apiario, hasta la forma en que se envasa y se envía cada frasco de miel. Nada está hecho al azar, porque sabemos que cada envase de Ecolmenar es el Sur de Chile en frasco pequeño.

Y aunque sigo aprendiendo todos los días —porque las abejas siempre tienen algo nuevo que enseñar— hay algo que no cambia: la forma en que decidí hacer las cosas.

ECOLMENAR EN NÚMEROS

Lo que somos hoy

+7

Años trabajando con abejas

170

Colmenas en Puerto Octay

+120

Viajes por temporada al apiario

0

Filtrados industriales

"Cuando abres un frasco de Ecolmenar, no abres solo miel. Abres el sur de Chile. Las flores nativas, los bosques de Puerto Octay y el trabajo silencioso de cada colmena."

Hoy no vendo solo miel, sino algo que tomó años en construirse. Entrego dedicación, conocimiento, pasión, para que mi trabajo, nuestro trabajo, refleje lo más importante: nuestro sur, un hogar rodeado de vida y naturaleza, así, de la manera más honesta, podamos llevarles un pedacito del Sur de Chile en cada frasco.

Si llegaste hasta aquí, gracias por leer mi historia. De verdad.

Un abrazo desde el Sur de Chile,
Felipe Alvarado Cartes
Apicultor de Ecolmenar — Río Negro / Puerto Octay