Al principio, entrar al apiario era una mezcla de emoción y confusión. Tenía muchas ganas de aprender, de abrir colmenas… pero la verdad es que muchas veces no entendía lo que estaba viendo. No sabía en qué fijarme, ni mucho menos reconocer si la colmena estaba bien o presentaba algún problema, en cuáles eran sus etapas, o qué procedimiento requería cada colmena en cada momento.
Era frustrante, porque mi inexperiencia no me permitía tomar decisiones.
Por un lado, estaba la motivación de estar haciendo algo propio. Por otro, la sensación constante de no saber si lo estaba haciendo bien.
Ahí empezamos a tomarnos esto más en serio. Leímos todo lo que pudimos. Vimos videos, asistimos a capacitaciones, recorrimos lugares y conocimos a otros apicultores. Por mi parte, entré a estudiar Ingeniería de Ejecución en Agronomía en el Instituto Profesional Agrario Adolfo Matthei, en la ciudad de Osorno, con la intención de ampliar mi visión y desarrollar un criterio más sólido respecto al bienestar animal, la producción agrícola y el uso eficiente de los recursos productivos. Poco a poco, empezamos a entender mejor lo que estábamos haciendo.
Pero el aprendizaje real estaba en el campo.
Cometimos errores. Perdimos colmenas. Y cada pérdida dolía, porque ya no era solo "probar algo nuevo"… era hacerse responsable de un microecosistema. Si la colmena vive o muere, depende en gran medida de nosotros y de nuestras decisiones.
Hubo un momento clave que me marcó mi trayectoria como apicultor y que cambió nuestra forma de hacer apicultura. Estábamos revisando las colmenas y nos dimos cuenta de que muchas tenían reinas viejas. La supervivencia de las colmenas estaba en juego, ya que una reina vieja baja la producción, las colmenas no crecen como deberían y son más susceptibles a su entorno, enfermedades y el clima. Rápidamente entendí que teníamos un problema real.
La solución era clara: renovar reinas. Pero comprarlas no siempre estaba al alcance de nuestro bolsillo. Ser apicultor es un oficio hermoso, pero caro. Entonces tomé una decisión: empezar a criar mis propias reinas.
No fue fácil. De hecho, al principio no resultó como esperaba. Pero ese proceso me hizo entender que esto no era un hobby.
La apicultura exige compromiso, conocimiento y decisiones constantes. Y en un entorno como el sur, donde la ventana de producción es corta y el clima no siempre acompaña, no hay margen para improvisar.